MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA

Author:JAN POTOCKI
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-09-21T23:00:00+00:00


JORNADA SÉPTIMA

A la mañana siguiente me desperté más temprano que la víspera. Fui a ver a mis primas. Emina

leía el Corán, Zebedea ensayaba collares de perlas y chales. Interrumpí esas graves ocupaciones

con dulces caricias, que eran tanto muestras de amistad como de amor. Después comimos.

Terminada la comida, Soto volvió a tomar el hilo de su historia en los términos siguientes:

CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA DE SOTO

—Había prometido hablaros de Testalunga. Cumpliré mi palabra. Mi amigo era un apacible

habitante de Val Castera, pequeño burgo al pie del monte Etna. Tenía una mujer encantadora. El

joven príncipe de Val Castera, al visitar un día sus dominios, vio a esta mujer, que había venido a

cumplimentarlo junto con las otras mujeres de los notables de la localidad. El presuntuoso joven,

en vez de ser sensible al homenaje que sus vasallos le ofrecían por intermedio de la belleza, sólo

pareció preocuparse de los encantos de la señora de Testalunga. Le explicó directamente el

efecto que causaba a sus sentidos y le metió la mano en el justillo. En ese instante el marido se

encontraba detrás de su mujer. Sacó un cuchillo del bolsillo y lo hundió en el corazón del joven

príncipe. Creo que en su lugar cualquier hombre de honor habría hecho otro tanto.

Después de asestar la cuchillada, Testalunga se retiró a una iglesia, donde permaneció hasta la

noche, pero considerando que debía tomar algunas medidas para el porvenir, resolvió unirse a un

grupo de bandidos que desde hacía algún tiempo se había refugiado en las cumbres del Etna. Allí

fue, y los bandidos lo reconocieron como jefe.

El Etna había vomitado por entonces una prodigiosa cantidad de lava, y fue en medio de

torrentes inflamados donde Testalunga fortificó su banda, en aquellos refugios cuyos caminos

sólo él conocía. Cuando de esa manera hubo proveído a su seguridad, el valiente jefe se dirigió al

virrey y le pidió que lo perdonara y perdonase a sus compañeros. El gobierno no le concedió la

gracia por temor, supongo, de comprometer su autoridad. Entonces Testalunga entró en tratos

con los principales granjeros de las tierras vecinas. Les dijo:

—Robemos en común. Yo vendré, os pediré, y vosotros me daréis lo que queráis, y por ello no

estaréis menos a cubierto ante vuestros amos.

Era siempre robar, pero Testalunga compartía el botín con sus compañeros y no guardaba para

sí más que lo absolutamente necesario. Por el contrario, cuando atravesaba una aldea, pagaba

todo al doble de su valor, de modo que muy pronto se convirtió en el ídolo del pueblo de las Dos

Sicilias.

Os he dicho que muchos bandidos de la banda de mi padre fueron a reunirse con Testalunga,

quien, durante algunos años, se mantuvo en el mediodía del Etna para hacer sus recorridos en el

Val di Noto y en el Val di Mazara. Pero en la época en que os hablo, es decir cuando cumplí

quince años, la banda volvió al Val Demoni, y un buen día los vimos aparecer en la granja de los

monjes.

Todo lo que podáis imaginar de diestro y brillante sería poco tratándose de los hombres de

Testalunga: uniformes de migueletes, pelo envuelto en una redecilla de



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